EL FUEGO IMPARABLE: UN MENSAJE DE ALIENTO PARA QUIENES HAN SIDO ELEGIDOS
No es solo una elección personal, es un misterio de la fe. Sacerdote, usted fue elegido por Jesús antes de que el mundo lo conociera. Esta verdad es el núcleo de su ser. El llamado sacerdotal es una consagración total que exige una vida de donación. Y esta elección es la fuente de su inmensa fuerza, pero también de su soledad incomprendida.
Vemos su fuego, su energía y su celo por las almas. Pero también sabemos lo que el mundo no dice: Usted está bajo un microscopio permanente. Es una carga injusta. Muchas veces, son criticados, malentendidos y observados con una lupa que no permite el error humano. Se les exige la perfección de un santo, mientras se les juzga con la crueldad de la prensa.
Y sin embargo, cuando un alma está en crisis, usted se convierte en un Sagrario de disponibilidad. Usted es esa guía espiritual que siempre está, esa persona que, a pesar de su propio cansancio y luchas, mantiene su corazón y su puerta abiertos al alma que busca consuelo. Esta dualidad, la crítica constante y la caridad incondicional, es el verdadero milagro de su vocación.
A usted, que ha entregado décadas y cuya fuerza física disminuye: Su servicio no ha terminado. Su vida es una reliquia de amor.
Usted es la brasa que arde en silencio. Duele saber que a veces la comunidad lo relega a un "cementerio espiritual", olvidando que sus manos gastadas han sostenido a Cristo en la Eucaristía miles de veces. El mundo solo valora lo nuevo; pero nosotros valoramos su fidelidad hasta el temblor de sus manos. Su sufrimiento, sus achaques y su oración discreta son el cemento invisible que sostiene el ministerio de la juventud.
Padre, por favor, permítanos esto:
Cuando se sienta abrumado por la duda, cuando el resentimiento del mundo lo golpee, o cuando sienta el peso frío de su soledad... Permítanos recordarle lo que su corazón le grita:
Usted es el elegido de Jesús. Su valor no está en su eficiencia, sino en su abandono.
No queremos que luche solo. Queremos devolverle la caridad que usted nos ha regalado en cada absolución, en cada Misa, y en cada momento de su misericordia que nunca nos fue negada. Cuando sienta que ya no puede más, recuerde que hay almas que han elegido hacer de su oración la rodilla que lo sostiene a usted.
A ambos, jóvenes y ancianos, que nos sirven como las manos visibles de Cristo:
Hemos tomado la decisión de que su soledad no sea en vano. Nuestra oración es su armadura, y nuestro recuerdo es su gratitud. Ustedes no eligieron su cruz, pero la cargan por nosotros. Que el Señor les conceda la gracia de sentirse amados por aquellos por quienes han derramado su vida.
Nunca están solos en esta elección que Jesús hizo por ustedes.
Que la paz de Cristo, la única paz verdadera, los sostenga hoy y siempre.
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