EL AMOR QUE VENCIÓ AL SILENCIO

Dicen que la muerte es el final, que después de esto no hay nada más, y nos llenan la cabeza de consejos: 'vive la vida', 'diviértete', 'busca pareja', 'ten hijos'. Por mucho tiempo, creí que seguir esa hoja de ruta sería la cura para el vacío que cargaba en el pecho. Creía que si acumulaba suficientes momentos, personas y etiquetas, finalmente me sentiría completa.

Qué equivocada estaba.

Pasé gran parte de mi adolescencia mendigando migajas: un 'te quiero' a medias, un abrazo rápido, un 'estoy orgullosa de ti' que nunca terminaba de llenarme. Me desvivía tratando de encajar en lugares donde no pertenecía, obligándome a ser alguien que no era para que otros me aceptaran. Y ahí, en medio de la gente, rodeada de ruido, me sentía más sola que nunca: superficial, pérdida, antisocial.

Vivía intentando callar las voces de mi cabeza, intentando no pensar en un futuro que me agobiaba hasta el punto de sentir que moría aun estando viva. Es una sensación fea y extraña: saber que no estás bien ni física ni mentalmente, y tener esas ganas constantes de tirar los guantes y darte por vencida, incluso teniendo sueños y metas por cumplir.

Me dolía sentir que nadie me comprendía, que nadie me prestaba atención o que, simplemente, no era importante para nadie. Por las noches, ese suspenso en el corazón se volvía una dificultad real para respirar; quería llorar y desahogarme, pero me tragaba las lágrimas pensando que la vulnerabilidad me hacía débil. Es agotador luchar contra la depresión y la ansiedad cuando nadie a tu alrededor se da cuenta. Por eso, cuando alguien me preguntaba: '¿Cómo estás?', mi respuesta más rápida y genuina era un 'ESTOY BIEN', aunque por dentro me estuviera muriendo.

Lo decía para protegerme, para que nadie viera mi debilidad y me atacara con ella. Así que empecé a alejarme, a dejar de hablar con todos; solo quería desaparecer. Un día leí una frase que me sacudió: 'Dices que quieres morir, pero es mentira. Porque si te tiras al mar sin saber nadar, luchas por salir. Tú no quieres morir, tú solo quieres dejar de sufrir'.

En ese entonces, conocía a Dios muy poco. Nadie me había hablado realmente de Él, y yo tampoco me había dado la oportunidad de conocerlo... hasta que el mar se volvió demasiado profundo y mis fuerzas se acabaron."

En medio de esa oscuridad de la que les hablaba, apareció una luz inesperada. No fue una coincidencia, fue un guía: un sacerdote, un mentor que no se cansaba de hablarme de Dios. Sus palabras eran el consuelo que mi alma mendigaba; me insistía una y otra vez en que me acercara, que buscara a Jesús, que ahí encontraría el refugio que tanto me hacía falta.

Y entonces, todo empezó a cobrar sentido.

Durante años, leí la Parábola del Hijo Pródigo y la Parábola de la Oveja Perdida como simples historias, sin entender realmente su peso. Pero cuando me tocó vivirlas, cuando me sentí perdida y lejos de casa, fue cuando por fin las comprendí.

Entendí que yo fui esa oveja perdida: la que se alejó del rebaño creyendo que podía sobrevivir sola en el desierto, sin darse cuenta de que, entre más corría, más se hundía en el miedo y la soledad. Pero el Pastor no me abandonó; Él es ese Padre Amoroso que, aunque estemos rodeados de ruido o de gente, nos busca con una paciencia infinita.

También comprendí que yo era ese hijo pródigo: el que se fue buscando 'vivir la vida' en cosas que solo me dejaban más vacía. Regresé a casa creyendo que el Padre me juzgaría por haber malgastado mi tiempo, mis fuerzas y mi confianza. Pero qué equivocada estaba: Dios no es como los hombres que nos discriminan, nos juzgan o nos señalan por nuestros errores. Él no me menospreció. Al contrario, me estaba esperando en el camino, ansioso por verme regresar, deseando abrazarme antes de que yo pudiera siquiera pedirle perdón.

¿Sabían que Dios es un Padre que sufre contigo en tus días grises y ríe en tus momentos de luz? Está ahí, en cada segundo, en cada hora, amándote sin condiciones. Él no quiere que le pagues nada, solo quiere que te atrevas a decirle: 'Padre, ayúdame'. Porque en ese preciso instante, cuando dejas de mendigar amor afuera y vuelves a casa, descubres que nunca estuviste sola; Él simplemente estaba esperando a que te dieras cuenta de que siempre fuiste su mayor tesoro."

Decidí darme la oportunidad de conocer a Jesús de verdad. Al principio, no entendía frases que escuchaba siempre, como: 'Este es el Cordero de Dios'. Siendo curiosa, me puse a investigar, leí el Antiguo y el Nuevo Testamento, tratando de encontrar en los libros el significado de esas palabras. Pero la respuesta no estaba en el papel, estaba en la Cruz.

Fue un Viernes Santo cuando por fin lo comprendí con el alma.

Entendí que Jesús no es solo una historia del pasado; Él se entrega cada día por ti y por mí. Cargó con esa cruz pesada para librarnos de una muerte eterna que nosotros mismos buscábamos. Él es el Cordero de Dios, el Hijo que vino al mundo con una misión de rescate por una humanidad que, muchas veces, le responde con ingratitud, prefiriendo el ruido del mundo antes que Su silencio.

Nadie daría su vida por ti de esa manera, pero Él lo hizo. Soportó ser azotado hasta quedar irreconocible, aceptó una corona de espinas que no merecía y permitió que clavos enormes atravesaran sus manos y pies. Aguantó la humillación y el menosprecio absoluto... y lo hizo pensando en ti.

Por eso, hoy te digo: no vuelvas a decir que nadie te ama. No digas que nadie te comprende o que nadie te entiende, porque Él te entiende perfectamente. No olvidemos que Él se hizo humano, que sintió el cansancio, el abandono y el dolor físico. Él sabe lo que es que te den la espalda.

Cuando la noche cae el Viernes Santo, se siente un silencio profundo en el interior. Sientes que tu mejor amigo lo ha dado todo por ti una vez más y ahora descansa. Llega el Sábado de Gloria y el silencio persiste, pero ya es un silencio de esperanza; sabemos que la historia no termina ahí. Él, siendo Luz, rompe las tinieblas y nos hace sentir Su gloria triunfar. Cuando todo parecía perdido y el mal parecía ganar, triunfa Él, recordándonos que Sus palabras no son solo letras, sino Su voz viva gritándonos: 'YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA'.

Llega el Domingo de Resurrección y una alegría inmensa te inunda. Es ahí donde Él te dice: 'Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Todo aquel que cree en mí, aunque muera, vivirá'.

Ámenlo, adórenlo y, sobre todo, déjense amar por Él. Jesús prometió estar con nosotros siempre y Su palabra no es pasajera; atraviesa generaciones. ¿No es increíble ver cómo en pleno siglo XXI la juventud se sigue acercando a Él? Él conquista corazones de una forma tan profunda que es imposible negarle la entrada a nuestra vida.

Dios te creó con un propósito. No le cierres el corazón por cosas terrenales que son pasajeras. Esta vida duele demasiado cuando estás alejado y no lo conoces. No digas 'necesito tocarlo para creer'; que tu fe no sea tibia. Cree en Él aunque no lo veas, porque Él es quien te levanta y te da una oportunidad cada día para mejorar y luchar, de Su mano, por la santidad.

Que tu fe sea tan real que vayas por el mundo anunciando la Buena Nueva. El Reino de Dios ya está aquí, solo que a veces estamos tan cegados por nuestra incredulidad que no vemos las maravillas que Él ha creado para nosotros. Como dice Hebreos 11:1: ´´La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve´´.

Aferrate a Su amor. Ten la certeza de que algún día conocerás ese lugar que Él fue a preparar para ti. Vive cada día dándole gloria y, cuando sientas que nadie se siente orgulloso de ti, nunca olvides que JESÚS ESTÁN TAN ORGULLOSO, PORQUE TE AMA.

Que Jesús Resucitado reine en tu corazón. ¡Primero Dios y luego el mundo!

¡Bendito seas, mi Señor y mi Dios, por esta creación tan hermosa que has hecho para nosotros!"




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