ENTRE ESCOMBROS Y SILENCIOS: ¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO MIRAR AL CIELO?
En los últimos días, el mundo se ha visto sacudido por la fuerza implacable de la naturaleza. Fuertes terremotos han quebrado la tierra en distintos países, dejándonos rostros llenos de lágrimas, familias enteras de luto y una profunda sensación de impotencia ante la muerte. Estas catástrofes nos devuelven de golpe a nuestra cruda realidad: somos frágiles. Sin embargo, mientras la tierra tiembla afuera, parece que por dentro el corazón de la humanidad sigue petrificado, cerrado al arrepentimiento y ciego ante sus propios pecados. Nos aferramos tanto a lo terrenal que olvidamos lo eterno, ignorando que estas sacudidas son también un llamado urgente a volver los ojos a Dios.
Detrás de cada tragedia material, hay una tragedia espiritual aún más silenciosa. Nos duele ver la destrucción exterior, pero pocas veces nos detenemos a pensar en cómo sangra el Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesús ante la indiferencia de la humanidad. Él, que entregó su vida por amor, que resucitó y que en un acto de misericordia infinita quiso quedarse vivo y real en el altar, hoy pasa las horas en el más absoluto abandono. El Sagrario se ha convertido en el rincón de la soledad; un lugar donde el Hijo de Dios es ignorado, insultado o, peor aún, burlado a través de profanaciones en la Eucaristía. Estamos tan ciegos, tan aferrados a las cosas terrenales y pasajeras, que preferimos el ruido del mundo antes que el consuelo de Aquel que nos espera con los brazos abiertos.
¿Alguna vez se han puesto a pensar que nuestro Señor Jesucristo conoció el sufrimiento y que nos entiende perfectamente, mejor que nadie? ¿Por qué somos tan ciegos espiritualmente que no nos damos cuenta de cómo sufre Él? La dolencia de su Sagrado Corazón ha de ser demasiado fuerte. ¿O es que no recuerdan cuando Nuestra Señora de Fátima se le apareció a los tres pastorcitos, y también un Ángel que les pidió a los niños que oraran y ofrecieran sacrificios, porque con nuestros pecados los corazones de Jesús y de María estaban siendo "ofendidos por la ingratitud de los hombres"?
No nos damos cuenta de que, en vez de que nuestro Señor Jesús reciba amor, adoración y reverencia en el altar, muchos lo profanan:
Recibiéndolo indignamente y en pecado mortal, sabiendo que se arrojan ellos mismos a la condenación.
Asistiendo con una manera de vestir inapropiada.
Conversando e ignorándolo durante la Santa Misa.
Dejándolo abandonado en el sagrario, porque tenemos tiempo para todo, menos para regalarle cinco minutos de nuestros corazones a Él.
¿Por qué no van a la iglesia y se humillan ante su Dios, que está ahí ansioso por recibirlos, amarlos y dejarse amar por ustedes? ¡No seamos tan ingratos! Si ustedes se llenan de tristeza al pensar en todo lo que pasa en el mundo últimamente y se conmueven por el sufrimiento de los demás, reflexionen un poquito en cómo se siente nuestro Señor.
Entendamos que nadie es perfecto, pero estamos invitados a seguir a ese Dios perfecto. Él nos ama tanto que envió a su único Hijo unigénito a la tierra, quien nació, creció, se hizo adulto y dio la vida por nuestras faltas. Fue flagelado, insultado, maltratado, escupido y coronado con una corona de espinas que traspasan sus sienes y su cabeza; cargó una cruz totalmente pesada y entregó su vida por amor. Murió, pero gloriosamente resucitó al tercer día, y está vivo, reinando en los cielos. Sufre porque lo hacemos sufrir, pero no olvidemos una cosa: Él venció a la muerte. Es inmortal, omnipotente, el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, y volverá; y cuando vuelva, juzgará a todo el mundo.
Por favor, mis hermanos, les ruego: arrepiéntanse y busquen consuelo en Cristo. Mientras el mundo a veces los juzga, Él los ama y los llama por su nombre; no por su pecado, ni por su pasado. Ábranle su corazón a Él y déjense amar por este amigo íntimo que todos tenemos, pero que pocos aceptan.
Vayamos a buscarlo. Acerquémonos al Sagrario no solo a pedir, sino a consolar. Un momento de adoración, una hora santa o una visita silenciosa en medio de nuestro día son el bálsamo que alivia las espinas de Su Corazón. Convirtámonos en almas reparadoras que compensen, con un poquito de amor, la inmensa ingratitud del mundo.
Que el Divino Espíritu Santo nos ilumine y nos ayude a conocer, en el silencio de nuestra habitación, nuestros pecados para podernos reconciliar con nuestro Salvador. Y que María Santísima nos lleve hacia Él cuando no sepamos cómo llegar; que nos enseñe a confiar en los planes de Dios sin renegar ni reprochar, solo aceptándolos y jamás perdiendo la fe ni la esperanza.
Porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

Comentarios